Durante las próximas semanas, el Congreso de la República ocupará los reflectores de la atención pública nuevamente, esta vez, por un hecho anual: la elección de su Mesa Directiva.
Y nuevamente la prensa viene colocando su atención en los cubilteos habituales, en los pre – candidatos, en las disputas internas dentro de cada bancada y en lo que se vienen ofreciendo unos a otros para lograr ser quien encabece la lista o no quedarse fuera de la repartición de puestos.
Sin embargo, una interrogante que debemos plantearnos a conciencia es la real dimensión de esta elección y que es lo que implica para el país.
A mi modo de ver, buena parte de la importancia de la Presidencia del Congreso tiene un carácter meramente simbólico, dado que, en términos reales, la cuota de poder que ostenta no es mucha, dado que nos encontramos ante un órgano que toma decisiones colectivamente. Este cargo implica, básicamente, la conducción del debate y la dirimencia del voto en situaciones de empate. Nada más, tampoco nada menos. La llegada de una agrupación u otra a este puesto es parte del juego político entre gobierno y oposición, un pulseo de fuerzas, antes que otra cosa.
Lo que si nos debería importar es la agenda de trabajo que lleve cada lista. Ese es el verdadero tema de fondo, pues, de lo contrario, nos quedaríamos en la cuestión simbólica antes anotada. Así, los congresistas deberían pensar ¿qué leyes priorizamos? ¿qué temas vamos a fiscalizar en cada comisión en esta legislatura? ¿qué reformas de fondo vamos a apoyar o a plantear? Eso es construir una agenda parlamentaria y no sujetarse en todo a lo que proponga el Poder Ejecutivo.
Así que, más allá de los nombres – Velásquez Quesquén, Bedoya de Vivanco, García Belaúnde o Venegas -, lo que el país espera es que el Congreso mejore su producción, su ética y su imagen. ¿Estarán listos para dicho reto?